jueves, 23 de septiembre de 2010

Ancos

Sobre el monte de Ancos me crié, en su falda me acostumbré a subir y bajar cuestas, a respirar su aire. Cuando era una niña, "miraba de mi" una prima de mi abuela, Maruja, ¡qué recuerdos!, me hacía para comer un guiso de bacalao extraordinario que no he vuelto a probar en mi vida, me lo servía en plato metálico lacado en blanco con los bordes en azul y algún crocado oscuro. Me acuerdo de inclinar el plato y hacer ruido con la cuchara contra el plato aprovechándo hasta el último trocito de ajo tostado del sofrito que quedaba, empujando con miga de pan blanco que olía a cálido horno de leña.
Me acuerdo de Maruja a diario, me llevaba de paseo al monte de Ancos y como si fuera hoy, recuerdo el día que me escapé monte abajo, ella gritaba desde arriba "¡Nena ven, ven!, ¡Condanada cativa, como te colla!", me acuerdo hoy con la sonrisa maliciosa de entonces, la malicia de cuando tienes 4 o 5 años y sabes que te estás portando mal, porque sabía que me iba a coger,y como siempre, sólo refunfuñaba, lo peor que me podía pasar era que me agarraba fuerte del brazo para que no me escapara de nuevo. Maruja era seria y grande, o a mi me lo parecía, con su falda hasta los pies, y su refajo, y su mandil, y capas y capas de tela que la hacían grande y redonda, como si fuera el monte con su ladera redondeada, y desde luego tan vieja o más que el propio Ancos.
Las fotos de hoy se las dedico a Maruja, que durante mi más temprana infancia me cuidó y se preocupó mucho por mi, tanto, que me encantaría estar cuidando de ella, todo mi amor estés donde estés. 

















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